Llegas a casa estresado, sin ganas de hablar y de humor de perros. Abres la puerta, no encuentras las llaves. Buscándolas te das cuenta de todos los bolsillos que llevas encima. Al final, y haciendo maniobras para no tirar el maletín ni las bolsas de la compra, las encuentras. Abres, entras. Y ahí está tu pareja, con ganas de charlar y… de hacer el amor contigo.



















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