En la esfera del género, las mujeres luchan contra una carga social, semántica y política que las oprime y denigra al papel masculino. En efecto, no se trata de un grupo secreto de súpermachos que controlan el mundo y eligen cómo minimizar al sexo femenino en reuniones celebradas con los líderes del mundo, ni de agentes encubiertos en universidades y puestos de trabajo que ponen trampas para que las mujeres no logren sobresalir, ni de alguna de las torpezas frecuentemente aludidas por aquellos incapaces para ver más allá de su nariz, que con ingenuidad superlativa y seguridad quijotesca levantan su voz con argumentos apologistas del tipo: “Si no estudian ciencias, es porque no quieren”, “nadie las detiene” o “ellas solas se hacen menos”, rematando su afirmación con cifras oficiales.



















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