Esto explica por qué una mujer atractiva –según la estética contemporánea– es concebida como tonta por default, sin siquiera cruzar palabra con ella ni hacer el más mínimo intento de contrastar esa idea con la realidad. A priori y por el peso de la ideología reproducida como verdad, el sujeto invalida automáticamente toda posibilidad de que se trate de una persona culta, una científica o especialista en algún campo del conocimiento, simplemente porque la categoría “mujer atractiva” aparece en su mente como incompatible con la inteligencia.



















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