“Antiguamente, era un término utilizado en el ámbito religioso para referirse a un don que Dios concedía a algunas personas en beneficio de la comunidad. Pero ahora, y en un sentido más amplio, se define como la capacidad que tienen algunos para atraer, fascinar, cautivar y causar buena sensación. Se trata de una conjugación de habilidades sociales y emocionales propias que hace que se pueda influir sobre los demás, despertando la admiración y estableciendo conexiones y vínculos”, explica Ana Millán, psicóloga y codirectora del gabinete Salto 51, especializado en psicología, coaching y desarrollo interior. Ahora bien: ¿de qué depende tenerlo o no tenerlo? Y el más difícil todavía: si no tengo carisma, ¿puedo hacer algo por conseguirlo?
Un toque diferente
El psicólogo William von Hippel, profesor de la Universidad de Queensland, en Australia, también quiso averiguar la razón que propiciaba la diferencia de ser carismático o no serlo, y sus estudios de campo revelaron que, por ejemplo, los que tenían más capacidad de atracción en los demás mostraban también una mayor rapidez mental como pensadores. No significaba ser más inteligente, más ingenioso o tener mejor sentido del humor, sino ser más rápidos a la hora de conectar ideas y responder con argumentos interesantes.