Tras tu primera sesión de entrenamiento, ¡no te encuentras nada mal! Reconoces haber forzado un poco la maquinaria pero es que ¡el que algo quiere, algo le cuesta! Sin embargo, la molestia y el dolor aparecen al día siguiente… ¡malditas agujetas! Y te planteas “mi cuerpo no está hecho para hacer deporte”, “¿con este dolor como voy a seguir entrenando?”