Y llegó el momento del sí quiero. Dani se tuvo que soltar la corbata casi hasta el pecho porque le faltaba el aire. Se armó de valor, cogió el anillo, se lo puso en el dedo a la novia… y mandó al cura (muy amablemente) que se callara. Solo pudo decir: «Te quiero, pero no puedo hacer esto». Andrea empezó a llorar desconsoladamente y él desapareció corriendo por el pasillo. Entonces oí la voz de mi hermano en el cogote: «Te dije que no te compraras ningún vestido». Eso sí, tendríais que haber visto la cara de felicidad de mis padres.