Todo estaba preparado para el gran día. El sitio era precioso: un jardín al aire libre, con sillas blancas y presidido por un arco floral, todo muy de comedia romántica americana. La novia estaba preciosa. Y el novio… El novio no paraba de sudar. Cuando Andrea llegó al altar, Dani no pudo hacer otra cosa que desabrocharse los primeros botones de la camisa. Sentía que se ahogaba y que no podía con aquella situación. Durante la ceremonia, ella no paró de preguntarle si se encontraba bien, a lo que él respondía con un movimiento de cabeza confuso, el típico sí-no.