Mi hermano fue el único que vio venir lo que se avecinaba en aquella calurosa tarde de mayo. Lo conocía mejor que nadie, y sabía que no eran solo nervios, que Dani tenía auténtico y verdadero miedo al compromiso. «No se va a casar», nos advertía constantemente. «Mejor que no te compres ningún modelito nuevo, que no lo vas a amortizar», me dijo un par de veces riéndose. Pero nadie le hizo caso porque, a ojos de todo el mundo, Dani y Andrea estaban hechos el uno para el otro.