Todo parecía normal, hasta que Joan se paró delante de un quiosco y se topó de bruces con la realidad. La figura de la mujer se había transformado a lo largo de aquellos años en un mero objeto sexual, una cosa decorativa moldeada al gusto de lo masculino que vendía bien con poca ropa. El susto y la indignación fueron suficientes para que la artista comenzará a fraguar su camino como profesional en el arte. Se podría decir que gracias a las mentes cuadradas de los setenta, nació una bestia del feminismo artístico.