Para el año siguiente, yo ya me había echado novio, y lo traje al pueblo dos semanitas, principalmente para que Jacobo lo viera. A partir de ahí, no hubo ni un solo verano en el que ambos estuviésemos solteros. Cada novia que me presentaba me picaba más que la anterior, por mucho que yo estuviese genial con mi pareja e intentara que no me afectase para nada. Porque eso es un punto débil, algo que te empeñas en negar y en tratar de olvidar, pero que cuando aparece todos esos esfuerzos son en balde.