Mi punto débil se llama Jacobo, y es del pueblo donde siempre ha veraneado toda mi familia. Lo conozco desde que éramos unos críos, y creo que nunca ha dejado de gustarme. Empezó como una tontería de adolescentes, que si manita por aquí, que si cuatro besitos tontos por allá… Lo típico de cuando tienes 14 años. Pero cada agosto que pasaba aquello iba a más y más, y recuerdo que el día 31 siempre era un mar de lágrimas.