Por un lado, los hombres se convirtieron en eyaculadores precoces, incapaces de retardar el orgasmo el tiempo necesario para satisfacer a su pareja. Por el otro, las mujeres se hicieron de una incapacidad común para transformar los pocos minutos de sexo en un instante de clímax. Esta concepción es la culpable del gran mito que rodea a la sexualidad en el presente. Para todo el mundo, un encuentro sexual pleno es aquél donde el hombre, convertido en una frenética bestia de dar placer, embiste durante horas con idéntica intensidad a la mujer, insaciable receptora sexual. ¡Nada más falso!