Sin embargo, no todo fueron buenas noticias para la práctica del sexo desde entonces. Junto con la emancipación del deseo sobre la reproducción, la multiplicidad de sendas por recorrer camino al placer se redujo a una sola: la penetración. Los besos, caricias, temperaturas, texturas y todo tipo de sensaciones que hacen de ésta la actividad placentera por antonomasia, cedieron ante la errónea caracterización del coito como principio y fin del sexo.
