Hace unos 40 años, a un tipo de negocios mexicano de nombre Enrique Corcuera, se le ocurrió la genial idea de modificar su cancha de tenis. Haciéndola más pequeña, la rodeó de paredes y mallas de metal. Orgulloso de su hazaña, el mexicano empresario invitó a su modesta mansión de Acapulco al español Alfonso de Hohenlohe.