Después de semanas disfrutando, tal vez, del sol, el mar, la piscina o el aire libre de la montaña, las consecuencias resultan evidentes, tanto en el rostro, como en la piel del resto del cuerpo. Durante el verano, la dermis sufre una mayor deshidratación debido a las altas temperaturas y, además, la capa córnea, la más externa, aumenta su grosor de manera imperceptible como defensa ante los rayos solares.