Se considera que las apariencias engañan, que son irrelevantes y que lo importante está en el interior, pero no deja de ser cierto que nuestro aspecto es nuestra carta de presentación y no está de más cuidarlo. Por supuesto, esa impresión que causamos se vuelve especialmente decisiva a la hora de ligar o de buscar la atención del sexo opuesto (o del propio: del sexo deseado).