Se lo conté a mis amigas y no me creyeron: «Oye, en serio, que me hace ojitos». «¿Pero tú has visto a los pibones con los que se lía ese hombre?», me respondieron. «Bueno, pues serán paranoias mías», contesté. Pero no, no lo eran. Porque se ponía nervioso cada vez que me veía, porque nunca sabía si abrazarme, o darme dos besos, o chocarme la mano, porque con unas copas de más me susurraba al oído todo lo que le gustaría hacerme, y yo a él. La cosa es que nunca ninguno de los dos nos atrevimos a dar el paso, y mira que pudimos hacerlo veces. Era una fantasía demasiado poderosa como para que se convirtiera en realidad.