El capullo sabía cómo alimentar aquello. Le encantaba quedarse a medio palmo de mi boca, sin decir ni hacer nada, solo mirarme a los ojos. No sé los meses, años diría, que estuvimos así, odiándonos y deseándonos, pero sin que ninguno pasara la frontera del medio palmo. Hasta que un día tonto, en plena bajona por mi ruptura con un ex, rompí la barrera y nos besamos como si se acabara el mundo. El polvo fue igual de salvaje, de esos que recuerdas toda tu vida, pero con él se fue el deseo y entre nosotros solo quedó el odio.