Tras muchos vómitos nerviosos y dudas existenciales, Richard se decide por la opción más arriesgada y a la vez más estimulante. Montará su propia empresa en la casa en la que vive, una especie de incubadora de talentos dirigida por un personaje que parece salido de American Pie y que también obtuvo su pequeño trocito del pastel de la burbuja tecnológica años atrás con una idea que le compraron y de la que se jacta hasta la extenuación y el hilarismo.