La eterna burbuja que vive el sector de las apps y demás tecnológicas ha creado un submundo habitado por millonarios imberbes que no saben cómo gastarse el dinero que facturan sus algoritmos informáticos de dudable rentabilidad. Fiestas de lo más freak con leones y zumos de zanahoria, automóviles autónomos que circulan por impolutas urbanizaciones cuyo precio por metro cuadrado sube imparablemente al ritmo de las acciones de sus convecinos.