Sin embargo, esos lugares no serían nada sin los agentes que accionaron a la sociedad, a las conciencias y a las geografías en sí. Ejemplo eterno es Oscar Wilde; un hombre que siempre se negó a ocultar su homosexualidad, que hizo frente a las consecuencias políticas que esto pudiera traerle y consagró su total existencia a un arte que se entremezclaba con las decisiones personales de su afecto. Siendo un ícono imperecedero de la comunidad, Wilde atrae a miles de seguidores hasta su sepulcro en Pere Lachaise como uno de los destinos primordiales de la cultura gay; pero eso no basta. Ha hecho falta por años un recinto que rinda homenaje a su persona y a la voluntad inquebrantable que él inauguro por llevar con dignidad las propias creencias, orientaciones y convicciones de índole amatoria.