La segunda, el no cortarse por nada. Los libros contienen dosis altas de prácticamente todo. En el caso de las aventuras, las conspiraciones y demás, el paso a la pantalla no es problema, pero en el de la violencia o el sexo la cosa es más peliaguda. Y ahí han estado finos. La sangre es abundante y el sexo tan explícito como puede permitir el medio televisivo. Y sin que parezca gratuito, que ya es decir.