La brevedad es el santo y seña en ambos casos. Con Sherlock habiendo cumplido su tercera temporada (algo inferior a las dos anteriores y con toques de humor más pronunciados) y a la espera de la cuarta, el número de episodios y la duración de los mismos (hora y media cada uno) los convierten en películas con continuidad, como una saga cinematográfica camuflada en serie de televisión que mantiene a sus fans a la espera durante largos periodos mientras sus protagonistas cuadran sus agendas.