No es que ninguno de los dos hubiese nacido millonario, pero las cosas les habían ido bien (sobre todo a él) y durante los últimos años habían empezado a llevar un nivel de vida bastante alto. Ana se había acostumbrado a lo bueno, a vestir de marca, a viajar donde le apeteciese y a no tener que preocuparse por llegar a fin de mes. Y aunque suene mal decirlo, eso es lo que más le había tirado para atrás al plantearse el divorcio.