Luego, los investigadores les preguntaron si estarían dispuestos a entregar algún cromo a los compañeros menos afortunados. Un primer dato interesante fue que el número de cromos regalados aumentaba con la edad. El otro era que los pequeños ateos eran los más generosos. Los más creyentes, independientemente de su ubicación geográfica, eran los que menos querían regalar sus cromos.