Los investigadores entonces investigaron esta «sensibilidad» con pruebas prácticas, mostrando a los niños videos de pequeña «violencia» diaria, con escenas de compañeros que se pelean, se empujan —intencionalmente o no— y pidiéndoles que evaluaran el nivel de maldad y el castigo que debería imponerse al «culpable». Los pequeños creyentes eran más firmes que los ateos a la hora de elegir castigos más duros. Y los musulmanes lo eran de especial manera.