¡Y qué decir de los kilos! Podía pasarme meses a dieta estricta y gimnasio a tope que nunca ninguno de mis novios me dijo «te noto más delgada». La peluquera, la panadera de la esquina y la vecina del quinto venían a preguntarme cuánto peso había perdido, pero para ellos seguía estando como siempre. Me daban ganas de tirarme a la Nutella.