El tercero se llamaba Álvaro, como mi padre, y era igual de atento que él, o sea cero. Podía gastarme cientos de euros en un bolso de Prada o en unos tacones de Jimmy Choo que él ni siquiera se iba a dar cuenta de que eran nuevos. Y al revés, podía ponerme un vestido millones de veces y preguntarme siempre si lo estaba estrenando esa noche. Juro que era desesperante.