Claro que no fue hasta principios del siglo pasado cuando los avances científicos permitieron predecir estas tormentas cuando un meteorólogo australiano llamado Clement Wragge decidió que era necesario encontrar un sistema para nombrarlas dado que se empezaría a hablar de ellas mucho antes de que provocaran destrozos al tocar tierra. Decidió que lo mejor era hacer una lista de nombres ordenados alfabéticamente, es decir, la primera tormenta del año tendría un nombre que empezara por A, la siguiente uno que empezara por B, y así hasta llegar a la Z. El problema es que el gobierno australiano se negó a apoyar esta iniciativa, agravio del que Wragge se vengó poniendo el nombre de esos mismos políticos a las tormentas.