Su compañera de piso era la única persona que conocía de su doble vida. Más o menos, asegura Nordbak, le explicó así en qué consistía su nuevo trabajo nocturno: “Es similar a un burdel, aunque no hay sexo y se centra en los fetiches”. La joven tuvo que hacer malabarismos con los horarios para compaginar sus dos trabajos: “Por la noche exploraba el secreto y oscuro mundo subterráneo, pero cuando llegaba a casa a veces tenía la sensación de que me estaba perdiendo fuera de sus límites. Durante el día volvía al desafío de aprender y sobresalir en un entorno mucho más tradicional. A veces dejaba el trabajo sofocada o aburrida, y todo lo que tenía que hacer para solucionarlo era comenzar mi turno en la mazmorra. Fue el momento más agotador y emocionante de mi vida», asegura Nordbak.
Donde la fantasía es sagrada
En este Disneylandia del fetiche para adultos, los roles se invertían: «El mundo corporativo es dominado por hombres, y en la mazmorra yo era quien los dominaba», señala la autora. “La mazmorra es un espacio donde la fantasía es sagrada y nadie es juzgado por su curiosidad sobre algo fuera de lo común”, señala Nordbak a ‘The Independent’. “No había sexo, tan solo jugábamos con fantasías y atendíamos a peticiones inusuales”. Lo que los hombres querían –en ocasiones mujeres o parejas también, pero la clientela era predominantemente masculina- se centraba en humillaciones, azotes, castigos, actuar como esclavos y fetichismo de pies. “Muchos solo querían que una mujer poderosa los controlara”.