¿Ocurre lo mismo con los profesionales que tienen trabajos más divertidos? Es decir, ¿es posible que un bailarín se moleste por tener que ir a una pista a darlo todo, un ‘personal shopper’ odie ir de tiendas o un actor porno termine aborreciendo practicar sexo tras haberlo hecho durante largas horas de intenso rodaje? Precisamente esto último se planteó el psicólogo Justin J. Lehmiller, quien quiso descubrir si es cierta la idea generalizada de que los profesionales de la pornografía son incapaces de disfrutar de sexo o, por el contrario, son auténticas bestias sexuales que disfrutan de cada minuto de trabajo, incluso en las horas extras.