«Ahí le has dado, la clave es más sexo y menos sofá», apunté también riéndome. «Ay el sofá, él es culpable de todo», se lamentaban los dos. «Estás allí tan a gusto junto a la persona que quieres, que se te olvida todo los demás». Desde luego, no les faltaba razón. Cuando nos despedimos, mis amigos me hicieron prometer que una vez me casara, tenía que cambiar el sofá de casa por un par de sillas ortopédicas. «Así serás la esposa más buenorra del mundo».