
«Por eso la naturaleza», prosigue Antona, «nos pone como aliciente la obtención del placer». Las especies con una alta tasa de reproducción no gozan de la cópula precisamente para evitar la superpoblación. En cambio, a las que tenemos menos papeletas para engendrar, nos han ‘regalado’ el orgasmo para que nos apetezca hacerlo con cierta periodicidad y mantengamos mínimamente la especie humana.