Cómo aprender a sonreír

young couple jogging in a park

A menudo decimos que no podemos cambiar, que es una tarea demasiado complicada, quizás imposible. Que lo has intentado mil veces pero sigues siendo el mismo de siempre, con los mismos celos de siempre, con los mismos prejuicios, deseos y miedos de siempre.

Lo solemos explicar a nuestros seres queridos con una cara desolada cuando no es entre gritos: “Mira yo soy así, si me quieres bien y sino búscate a otro/a”.

Pero, ¿se puede cambiar? ¿Conoces a alguien que haya cambiado? Si alguien pudo hacerlo, ¿por qué tú no? La mayor habilidad del ser humano es ser cambiante. El rasgo más característico que despunta en nuestra especie en comparación a las demás es nuestra capacidad adaptativa.

Estamos preparados para modificar nuestro entorno a voluntad. Si tenemos frío inventamos el fuego, si el día se nos queda pequeño, construimos transportes para ganar tiempo, si queremos que nuestra empresa prospere hacemos un plan de marketing, y si nos gusta la chica de la barra ideamos un plan de ataque.

Si crees que no puedes cambiar, es simplemente porque no te han enseñado cómo hacerlo. Sólo los psicólogos o aquellas personas que se preocupan sobre el tema conocen los procesos y la metodología del cambio.

Elsa Punset nos explica este desconocimiento en su nuevo libro El mundo en tus manos: “La mayoría crecemos y nos incorporamos al mundo sin comprender ni saber poner nombre a las arenas movedizas donde plantamos nuestras banderas, donde establecemos nuestro hogar. Hoy en día nos sobreprotegemos en lo físico, pero nos abandonamos en lo emocional. Es una de las debilidades más evidentes de nuestra sociedad actual. Consumimos y nos distraemos mientras se desploman nuestros indicadores de bienestar mental”.

Nos enseñan conocimientos, que a su vez, y generalmente, son los mismos conocimientos que nuestros maestros aprendieron de sus maestros. Y como no podemos enseñar algo que no conocemos, avanzamos por un mundo que desconoce el lenguaje de las emociones y pensamientos.

Genéticamente estamos dotados para el cambio

El cambio es algo que nos rodea constantemente. Preparados biológicamente para ello, a veces los seres humanos le damos más simplicidad de la que merece.

El cambio es un aprendizaje complejo. Si quieres cambiar lo primero es aprender cómo hacerlo. Obcecarte y pensar que con sólo tu fuerza de voluntad vas a dejar de sentirte mal cuando tu pareja tarde en contestarte a un whatsapp –a pesar de estar en línea- es como pretender aprobar un examen repitiendo una y otra vez que lo vas a aprobar y sin ni si quiera haber abierto el libro.

El mundo de las emociones es impresionante. Lo que a menudo nos inquieta y nos atormenta son situaciones totalmente normales. ¿Sabes que es normal escuchar esas pequeñas vocecillas que te incitan a quedarte en casa cuando te has propuesto empezar el gimnasio? ¿Sabes que es normal que tu cerebro intente convencerte de que quizás sea mejor empezar la dieta el lunes que viene y retrasar tu plan? ¿Sabes que el enamoramiento se acaba a los dos años? ¿Sabes que transcurrido ese tiempo dejas de estar en la nube y necesitas más que nunca sorprenderla y ponerte guapo para que el amor (que no es lo mismo que el enamoramiento) no se acabe? El océano de las emociones y pensamientos es enormemente bravo. Pero cada vez más la neurociencia, la psicología cognitiva y la inteligencia emocional nos dictaminan los mapas para conseguir cambiar conscientemente nuestras emociones y pensamientos.

¿Cómo aprender a sonreír?

Diremos que hemos cambiado cuando inconscientemente hagamos, digamos o sintamos algo diferente a lo que hacíamos, decíamos o sentíamos. Tienes que abrir nuevos caminos neuronales para que tu cerebro observe y preste atención a estímulos diferentes. Como el primer día cuando aprender a conducir todo estará planeado, serás consciente de todo y tu marcha será muy superficial. Con el tiempo lo aprendido lo harás automático, y lo que al principio tenías que pensar, al final lo harás sin más, lo sentirás y punto. Al principio tienes que ser racional, olvidar ese sentimiento que te impulsa a ser como siempre y ser lo sumamente cabezota para hacer lo que te has propuesto.

¿Si no andas por el techo por qué sientes con la cabeza y piensas con el corazón? Marwan, cantautor.

Pasamos demasiado tiempo pensando en lo que nos ha salido mal en nuestro día a día, y no lo suficiente en lo que salió bien. Por supuesto que a veces es recomendable analizar los errores para impedir que ocurran en el futuro y evitarnos malos tragos después. Sin embargo, los seres humanos pasamos más tiempo preocupándonos por algo pasado que ocupándonos en buscar soluciones en el presente para cambiar ese futuro que ansiamos. Debemos preocuparnos lo justito para poder ocuparnos. Preocuparse nos aboca ansiedad y depresión, y ocuparnos nos genera ilusión y esperanza. Una forma de corregir el estrés es saborear lo que salió bien.

Por cuestiones evolutivas, a muchos de nosotros no se nos da tan bien reflexionar sobre las cosas buenas como analizar las malas. Aquellos ancestros que pasaron toda su vida disfrutando del día a día, sin llegar lo más mínimo a preocuparse ni a ocuparse, no sobrevivieron a los desastres naturales de la época (inundaciones, sequías…) Entonces para cambiar nuestros automatismos generados por nuestros congéneres pasados, debemos superar nuestra inclinación natural al catastrofismo. Debemos aprender y entrenarnos a prestar atención a las cosas buenas que tenemos o nos pasan.

Ya sabes que para mantener algo en el tiempo, ese algo nos debe de generar algún tipo de placer. Sino a la largo acabaremos por abandonarlo. No podemos crecer si continuamente tenemos una voz interior que nos apalea por cada fallo que cometemos. Si aprendemos a observar los aspectos positivos, obtendremos más fuerza para ocuparnos del presente y seguir adelante. Evoluciona tu mente y revoluciona tu cuerpo. ¿Te apetece entrenarte? ¡Te propongo un nuevo ejercicio!

Durante esta semana, cada noche, anotarás 3 cosas que salieron bien en ese día. No tienen que ser cosas trascendentales ni demasiado importantes: “He salido a pasear y me encontrado a una vieja amiga”, “He aprobado el examen de conducir”, “Me ha encantado la película”, “He tardado menos tiempo en vestirme”, “Mi chico/a me ha venido a buscar al trabajo”, “He aprovechado el tiempo en el trabajo”, “Un amigo/a me ha dicho que me ve más guapa, alegre, morena…”.

Al lado de la peripecia feliz, responde a la pregunta “¿Por qué se ha producido?” Por ejemplo, si has respondido “He salido a pasear y me encontrado a una vieja amiga” añade “Porque me anime a salir de casa a pesar de que estaba a punto de llover”. O si respondiste “Mi chico/a me ha venido a buscar al trabajo” puede haberse producido: “Porque mi chico/a es un cielo” o “Porque se lo pedí la noche anterior”

Al principio, parece extraño apuntar peripecias felices. Nuestros antepasados afirmarían “¿Para qué prestar atención a algo que ha salido bien? ¡Si mi vida no corre peligro! Sin embargo, en el mundo donde vivimos debemos dejar de sobrevivir para empezar a vivir. Pruébalo esta semana y cada día te resultará más sencillo. De ti depende utilizar este ejercicio en las semanas posteriores.

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