En las décadas del 70 y el 80, el viejo hotel de huéspedes de Bob Mizer se transformó en el hogar de decenas de sus jóvenes modelos, que vivían al aire libre, en sofás y galerías, junto a pollos, gansos, cabras, monos, estatuas romanas, árboles de Navidad abandonados y todas los imaginables objetos de utilería que utilizaba para su cada vez más importante y extravagante obra cinematográfica y fotográfica.