Es muy fácil cruzar la delgada frontera que separa al foodie exigente del simple maleducado. Te contamos cómo evitarlo.
Soy Martín Marcos, quiero una mesa para cuatro. ¡Ah! Y, por cierto, soy foodie”. El encargado del restaurante, al oír esta última palabra a través del hilo telefónico, pierde el color, oye música como de Bernard Hermann y no acierta más que a musitar “estamos completos”, mientras mira cómo por el comedor pasa rodando una planta seca de película del Oeste.
Los autoproclamados ‘foodies’ provocan el pánico en los restaurantes.