Novescientos cincuenta años después, “El Reino de los Mallos” sigue tan bello e inmortal como siempre, solo que ahora atrae y deslumbra a todo aquel ávido de aventura física y sosiego psicológico. Junto al gigante de piedra esculpido por el arte que ha impreso la geología, el visitante podrá prepararse para escalar por sus paredes, caminar por sus senderos empedrados y aromatizados por su flora autóctona, o refrescarse en las aguas minerales del río Gállego.