Desde el año 1982 se popularizó el término “punto G” referido a las mujeres; pronto, los hombres empezaron a buscar el suyo propio.
Así es. Si hay algún lugar que pueda considerarse el punto G masculino, esa es su próstata (hay quien se refiere a él como punto P). De ahí que el masaje prostático, aunque siga siendo tabú, se haya convertido en una socorrida herramienta para obtener o, mejor dicho, multiplicar (ellos no tienen tantos problemas para alcanzar el clímax) el placer masculino. A veces, de manera externa, a través del perineo –la zona que se encuentra entre el ano y los testículos–, pero de manera mucho más sencilla, a través de la penetración, que puede llevarse a cabo de muy distintas maneras, según gustos, inclinaciones o preferencias.