Cuando empezó el copeo, Mario se colocó a mi lado en la barra. “Cómo has cambiado, estás guapísima”, me dijo. Noté cómo me subían los colores y me ponía roja como un tomate, pero intenté disimularlo con sentido del humor. “¿Me estás diciendo que de pequeña era un orco?”, le contesté yo haciéndome la indignada. “Orco o no, siempre has sido la mejor”, me dijo señalando al grupito de arpías en que se habían convertido mis amigas de la infancia.