Y mientras yo estaba sumergida en mis pensamientos, de repente se abrió la puerta de su parada y apareció. Sí, era mi moreno de ojos verdes y pelo rizado. Y sí, me reconoció y me dedicó una de sus sonrisas perfectas. Aunque cada vez entraba más y más gente en el vagón, siempre acabábamos buscándonos entre la multitud.