Turiégano y su equipo reclutaron a 176 universitarias y las hicieron jugar al «dilema del prisionero». Consistía en delatar o encubrir a una persona con la que supuestamente se había cometido un crimen. Si las dos guardaban silencio, cumplían con dos años de condena, si las dos se culpaban, con cinco, y si una acusaba y la otra guardaba silencio, la pena era de uno y diez años, respectivamente.