No se equivocaba, llegó un momento en el que pasé de decir «qué pesado» a «qué mono» (cuidado, esto NO siempre ocurre), y decidí darle una oportunidad. Poco a poco me fue ganando porque, además de «feo», era inteligente, divertido, bueno, igual de cariñoso que yo (o sea poco) e interesante, MUY interesante. Estuvimos pocos meses, porque tuvo que irse a vivir a la otra parte del mundo, pero siempre he guardado un buen recuerdo de él.