El placer conlleva un proceso de aprendizaje. Cuando descubrimos algo que nos produce frenesí, como el chocolate o incluso el alcohol, nos dejamos llevar y tendemos a pensar que cuanto más consumamos, mejor. Sin embargo, con los años, más que recurrir a un atracón de bollería industrial o a una mini de calimocho, preferimos disfrutar del momento con un buen bombón de chocolate belga o con una copa de vino de Rioja. Empezamos a valorar la calidad sobre la cantidad. Lo mismo parece ocurrir con el sexo.