Casi todos los hombres afirmaron estar de acuerdo. Fran fue uno de los que no, estaba casado desde hacía años y decía que imaginarse a su mujer hablándole de esa manera no le producía otra cosa que risa. Me acordé entonces de un chico con el que me había acostado un par de veces. Se molestó muchísimo porque, cuando intentaba decirme algo subido de tono, a mí me daba la risa. El pobre, con toda su buena intención, en vez de resultar erótico rozaba lo ridículo.