El sexo es una de las cosas más animales que hacemos las personas, y a veces nos cuesta combinarlo con información verbal. Otras veces sucede lo contrario: identificamos las palabras obscenas con un nivel de liberación tan salvaje y tan básico que parece fuera de nuestro alcance. O poco deseable: creemos que alguien racional, culto o simplemente con buen gusto no debería estropear el ritual amoroso con vulgaridades en voz alta.