Una vez dicho esto, El Gran Hotel Budapest, última obra maestra que Anderson se saca de la chistera, es la sublimación de una manera de hacer cine, un compendio de todas la virtudes (un servidor no ha sabido encontrarle defectos, si los tiene) que el genial director ha ido mostrando a lo largo de sus siete largometrajes anteriores. Es difícil decir si es su mejor película, pero sí es justo aclamarla como la que mejor define el universo propio en el que reside.