Y es en ese terreno donde el hombre niño (el principito, como acertadísimamente lo define F. Murray Abraham) deja aflorar miedos, dudas, e incluso paranoias para disfrute mayúsculo de todos aquellos que conectan con su filosofía.
Y es en ese terreno donde el hombre niño (el principito, como acertadísimamente lo define F. Murray Abraham) deja aflorar miedos, dudas, e incluso paranoias para disfrute mayúsculo de todos aquellos que conectan con su filosofía.