Y a diferencia de la primera entrega, que a pesar de lo convencional de su propuesta, sabía sacar partido, debido a una acertada atmosfera y a un Radcliffe ansioso por dejar atrás al niño mago que agarraba el personaje con la suficiente convicción; en esta secuela, todo es más rutinario y con esa falta de brillo y de toque diferenciador que aportaba Watkins en la dirección.