Y lo irónico es que lo hace con dulzura, con acelerones, sí, pero siempre desde un punto de vista intimista, como un bofetón dado con guante de seda, dejándonos clavados en nuestros asientos mientras en la pantalla del televisor se desata el drama (a veces la tragedia) y los vaivenes emocionales nos sacuden y nos agotan, aunque al final de cada episodio nos sorprendamos pidiendo más.