Empecé diciéndole que era un desorden, a lo que él me contestó que, por su trabajo, había aprendido a ser súper organizado; seguí con que no sabía cocinar y odiaba planchar con todas mis fuerzas, cosas que a él «le desestresaban»; y acabé confesando que era una celosa obsesiva, cuya respuesta fue que él no iba a tener ojos para nadie más.